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Historia del Despojo

Foto: P. Buffe

Desde 1885 comienza el proceso de venta del Chaco paraguayo a especuladores extranjeros. Para 1946, 14 propietarios habían comprado 7.567.457 hectáreas en latifundios de más de 100.000 hectáreas cada uno (Meliá, 2000). La tierra no sólo fue vendida sin permiso de sus dueños originarios, los indígenas, sino con ellos dentro.

En el caso concreto del pueblo Enxet, todo su territorio había sido ocupado, en 1950, por nuevos propietarios. Antes de eso, los indígenas Enxet eran independientes y soberanos. Vivían en comunidades y practicaban una economía de subsistencia diversificada, basada en la caza, la recolección, la pesca, el pastoreo y la agricultura en pequeña escala. La consecuencia inmediata del despojo territorial fue el deterioro de su situación económica. Los indígenas fueron privados de sus animales domésticos y tuvieron que pedir permiso para realizar sus otras actividades como la caza y pesca.

ImageLa situación actual de la mayoría de estos pueblos se caracteriza por la explotación laboral y la carencia casi absoluta de servicios estatales como salud, educación, vías de comunicación y de otra índole.

Luego de largas luchas, varias comunidades consiguieron recuperar una pequeña parte de sus territorios, pero muchas siguen aún luchando por un lugar en el Chaco. 

Superpoblación y hacinamiento

Foto: P. BuffeEntre 1980 y 1985, la Iglesia Anglicana compró unas 45.000 hectáreas para el asentamiento de los Enxet que se encontraban en su área de influencia en el Bajo Chaco, con la intención de ofrecerles una mayor independencia.

 

Numerosos indígenas ocuparon esas tierras cuyas extensiones resultaron demasiado pequeñas. Muchos de sus nuevos habitantes provenientes de distintas comunidades salieron de las estancias ganaderas de la zona en busca de mejores condiciones de vida. Esto ocasionó la superpoblación de las nuevas colonias, situación que, en el presente, ha empeorado.

 

Los casos más agudos son los de Makxawaiya y El Estribo, donde cada familia apenas tiene 30 hectáreas de tierra para sobrevivir. En esas condiciones, es imposible que los integrantes de estas colonias puedan subsistir de los recursos disponibles que suelen explotar a través de sus actividades tradicionales tales como la caza, la pesca y la recolección, o la agricultura y la ganadería en pequeña escala. La presión es demasiado fuerte sobre ese medio ambiente tan reducido, por lo que se agotan en poco tiempo los recursos naturales y escasea la tierra fértil.

 

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Como alternativa económica, hubo varios intentos de promover proyectos agrícolas. Pero casi todos fracasaron por varias razones: por el clima demasiado seco, las lluvias muy localizadas y por el tamaño reducido de las tierras. En efecto, los Enxet no pueden cultivar de manera simultánea diversas chacras pequeñas esparcidas en una amplia área, como lo hacían sus antepasados. Además, muchos proyectos fueron en contra de sus valores éticos: la generosidad y reciprocidad debida entre los miembros de una comunidad y el rol preponderante de la mujer en las relaciones económicas y sociales.

 

En consecuencia, la mayoría de estas comunidades no tienen otro remedio que ir en busca de “changas” en las estancias o en las colonias menonitas. Makxawaiya, El Estribo, Sombrero Pirí o La Patria constituyen más bien campamentos obreros donde los terratenientes o los menonitas pueden encontrar siempre mano de obra disponible y a la vez mantener un excedente laboral sin gastos ni compromiso social. 

Reserva de mano de obra

ImageMás de 20.000 indígenas viven en las colonias menonitas que disponen así de una gran reserva de mano de obra barata. Si bien las condiciones de trabajo que generalmente les ofrecen son mejores que en las estancias, no siempre se adjunta a los requisitos legales.

 

Hasta hace unos años atrás, los menonitas seguían la práctica ilegal de pagar a los indígenas con “vales” que sólo podían cambiar por mercaderías en las cooperativas menonitas. 

 

 

Código Laboral Ley 213, letras muertasArt. 231 "Los salarios se abonarán en moneda de curso legal. Queda prohibido el pago de los mismos en vales, pagarés, cupones, fichas (...)
No obstante, el pago podrá hacerse parcial y excepcionalmente en especie, hasta el 30% (...)" 

Estancias 

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En las estancias ganaderas, las condiciones socioeconómicas en que viven unos 2.000 a 2.500 Enxet. Son a la vez difíciles y precarias. Difíciles, porque son pocos los establecimientos rurales que le pagan el salario mínimo legal, a lo que se agregan provisiones, según lo prevé la ley.

En general, los peones empleados de manera permanente – estancieros a caballo o playeros que realizan tareas secundarias – cobran menos que un empleado paraguayo. Hasta hace poco hubo casos en los que recibían sueldo una vez al año. Durante el resto del tiempo, el patrón les daba alimentos, yerba mate y ropas en forma de crédito, descontado de su sueldo a fin de año. Esto significa que no recibían más que un “salario” que podía alcanzar unos 80 dólares anuales. La posición de las mujeres es todavía más difícil: trabajando en tareas domésticas para la estancia o para sus empleados paraguayos, reciben pagos aún menores.

En cuanto a la seguridad social, generalmente solo las estancias que pagan sueldo mínimo cumplen con sus obligaciones. Por lo tanto, no son muchos los indígenas que se benefician de una asistencia médica, de un seguro contra los accidentes de trabajo o las enfermedades, y de una pensión cuando se jubilan.

 

ImageSus condiciones de vida son todavía más precarias por la inseguridad laboral que soportan: en cualquier momento, pueden ser despedidos sin notificación ni indemnización alguna. Para los propietarios de esas estancias, los indígenas han sido considerados siempre como personas de segunda y mano de obra fácilmente explotable, dado que desconocen sus derechos, no tienen protección legal efectiva ni acceso a la justicia.

 

Además, existe un alto nivel de desempleo en las comunidades grandes que todavía viven en las estancias. En efecto, el tamaño de las comunidades influye sobre su situación económica. En las pequeñas aldeas de dos o tres familias, la mayoría de los hombres tienen empleo. Por lo tanto, el poder cazar, pescar y recolectar no adquiere importancia relevante.

 

Por el contrario, en comunidades grandes, donde son pocos lo que tienen empleo, la mayoría subsiste de las actividades tradicionales, siempre y cuando los patrones lo autoricen. Lastimosamente no son pocos los ganaderos que prohíben a los indígenas cazar y pescar en sus tierras.

 

En una época no tan lejana, los latifundistas preferían que los indígenas permanecieran en sus propiedades, en la medida en que representaban una fuente de trabajo barata a la cual se podía recurrir en el momento oportuno. Ahora, frente a las reivindicaciones de los indígenas, tanto en lo laboral como en materia de reclamos territoriales, los terratenientes son más bien propensos a expulsar de las estancias a todos los que no sean empleados permanentes o a sus familiares. En ciertos casos, los propietarios no vacilaron en recurrir a medidas extremas como la quema de las chozas de los nativos.

 

En la estancia de Yesamatala, la comunidad indígena que vivía ahí fue violentamente desalojada por sus dueños – la familia Bishoff – quienes habían comprado en 1962 las tierras del asentamiento indígena que les fueron vendidas por la South American Missionary Society. Desde que fueron echados, los miembros de esta comunidad Enxet vive en la Comunidad de Makxawaiya.

 

Este ejemplo demuestra las consecuencias de la política de los terratenientes: al reducirse la población indígena en las estancias, se agudiza el problema de superpoblación en las colonias indígenas, volviéndose todavía más crítica la supervivencia en estas comunidades.

 
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